Recuerdo con pudorosa exactitud los momentos de mi vida en que he recibido flores o libros.
Cada vez recibo más flores, a ver si me estoy muriendo.
Prefiero libros antes que flores, excepto si las flores son bonitas y el libro es de Pérez Reverte.
Prefiero también la CocaCola a la Pepsi, excepto si existe cualquier otra opción como agua o un morreo bien dado.
Prefiero el verano al invierno, excepto si hay buena temporada de castañas y mi abuela sigue con lo del extraperlo.
Prefiero estar sola a mal acompañada, excepto si recaigo en esas temporadas en que cualquier otro es mejor compañía, y prefiero externalizar el trabajo sucio.
Prefiero leer a escribir, excepto cuando no tengo auriculares a a mano para estar con Pereza o los Arctic y rescatarme un poco.
Prefiero no beber, prefiero no llorar, prefiero no sentirme mal; excepto cuando la presión social.
Prefiero recibir flores y libros, excepto si existe la posibilidad de que me sigas recibiendo tú.
Y a veces, incluso, traigas flores.
Yo soy un libro, abierto.
Si un día te reconoces cronopio, avísame.
Que ya sabes que dos, son un jardín.
Y desde entonces nos reímos mucho,
cada 23 de abril.