El río empezaba a escalar por sus riveras y las señales de "prohibido el paso" inundaban el camino.
La gente, pese al miedo , se acercaba temerosa a las orillas del río y a los puentes que le cruzaban para contemplar lo que se les venía encima, literalmente.
Era mezcla de temor y curiosidad lo que les hacía asomarse a la corriente , la desbocada corriente.
Como ese condenado a muerte que, pese a todo, siente curiosidad y decide pasar sus últimos alientos mirando cómo preparan y aprietan la soga en el cadalso.
¿Quizá es un poco así todo no?
La gente teme que el río se desborde y destroce sus alrededores pero , pese a eso, se asoman impacientes a ver cuanto falta para que suceda.
Ella estaba sola en el embarcadero.
Quería sentir lo que se siente al ser río, al temer que te desbordes.
La faltaban solo dos centímetros para formar parte de esa corriente sin orden , pero con rumbo fijo.
La faltaban solo dos centímetros para formar parte de esa corriente sin orden , pero con rumbo fijo.
Y permaneció quieta. Inmóvil, como esos árboles de la rivera que no pueden hacer nada salvo esperar a que pase la tormenta y no les destroce demasiado.
Tras todos esos meses, la gente la miraba preocupada y preguntaban para ver "cómo lo llevaba" , pero la gente la miraba como aquellos que se asomaban al puente esa tarde.
Con el temor y la curiosidad que solo un río a punto de desbordar desprende.
Con el temor y la curiosidad que solo un río a punto de desbordar desprende.