martes, 18 de noviembre de 2014

Pizzigatos

Era un gato muy siamés, le llamaban Bala. 
Urbanita, vago y cortés. Y un collar de gala. 
Un buen día le dio por andar. 
Se largó de su barrio y tardó un año en regresar. 

Tenía el gato novia formal, una angora blanca. 
Le pidió un abrazo y perdón. Estaba tan airada... 
"Hijo de chucho pequinés, dime dónde has estado. 
Me tenías aquí a tus pies" 

"Estuve en Londres, Buenos Aires, México, 
me bañé en el Sena, y sí, vuelvo con la conclusión: 
en todos esos cielos brilla igual nuestra luna llena, 
y tú sigues siendo la mejor." 

"En amplias avenidas busqué tu felina sombra. 
Creía verte en cada arcén o dentro de furgonas." 
Bala dijo: "Ya está bien, ¡basta ya de arañazos! 
Sigo estando aquí a tus pies." 

En Londres, Buenos Aires, México, 
cada pena y aflicción pueden curarse bailando. 
Tango, una ranchera o un charlestón, todo se olvida bailando. 
Es como volver a nacer.  

Allí en medio de un tejado, en un cortejo hasta el amanecer, la volteó del revés. 
Y una raspa de pescado fue el teclado del señor Ciempiés. 
Ella ha caído otra vez. 

"Da igual que no cambies, estamos destinados, tú y yo."

Ve a Londres, Buenos Aires, México... ve con otras , ve a China, a Japón, a Angola. Vete y  haz que deje de gustarme la cerveza. Pero regresa pronto y haz que, entonces, lo sea el "vino".
Supongo que, pese a todo, "Da-igual-que-no-cambies-estamos-destinados-tú-y-yo"