No quiero ser yo el
estúpido que te llama a las 3 de la mañana para pedirte una explicación, una
señal, una jodida excusa de por qué no llamaste.
No quiero ser yo el
imbécil que con voz de llevar encima algo más de 12 cervezas y la firme (y ciertamente transigente) promesa de no volver a mezclar tantos chupitos de tequila y jager (Promesa jamás cumplida, hace tiempo que lo único que -me- cumplo son años) confiese
todo lo que siente.
No quiero ser yo quien tarda más en sonreir.
No quiero ser yo el
que diga te quiero por última vez (aunque ya lo sea). No fui quien lo dijo primero, sí quien
lo dijo el último y eso me parece el mejor resumen de toda la historia.
No quiero ser quien habla y habla rogando una respuesta que no llega.
No quiero ser el que espera la llamada a las 4 y 26.
"No quiero ser el que sabe más ni el que nunca falla". (Ya sabes que los únicos que seguro que no se equivocan son los que no hacen nada)
No quiero ser "el 50% de", ni "la mitad de".
No quiero ser la media.
No quiero estar en la media.
No quiero ser tu media naranja (si no es para comerme)
No quiero que seas mi media naranja (si no es para exprimirte)
No quiero ser yo el que espera con un ramo de flores a alguien que no va a regresar.
No quiero ser yo el que no tiene quien le espere con un ramo de flores. Aunque tarde en volver.
No quiero no tener a alguien con quien jugar al ajedrez mientras bebemos de una litrona.
No quiero no tener a alguien con quien escandalizar al resto de la gente, que todos se mueran de rabia.
Mira, me niego a ser, porque reinvindico estar; como dice Irene X.
De verdad, es horrible ser todo el rato yo -y que nunca seas tú-.
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En el fondo, no tengo ni idea de lo que no quiero. Pero sé lo que sí.
