A veces todo lo que necesitas es quedar con la única persona con la que te entiendes del mundo.
Beberos un trago en pos de cada decepción y echaros unas risas por cada vez que habéis estado tristes.
Admito abiertamente que soy feliz,
y me cuesta infinitamente más que todas las veces que grité que estaba horriblemente triste.
La sociedad está preparada para admitir la tristeza de los otros, pero no la felicidad.
Este hecho me pone tristísima.
Estaréis contentos.
Vuelve a empezar el juego.
En mi corazón está sonando alguna rumbita buena mientras mi cerebro se esconde asustado porque no sabe gestionar esto que la gente llama felicidad.
Y yo lo llamo vida.
Es una pasada lo que cambia todo en cuanto tu cerebro hace click y decide qué cosas le van a destrozar y cuáles no.
Ha pasado un tsunami y ahora no estamos construyendo diques.
Me acabo de poner el bikini y el snorkel.
No entiendes ni la mitad.
Y si señalo al cielo, sólo ves puntos blancos en un fondo negro donde yo fuegos artificiales.
No necesito que nadie me lleve a las estrellas si mi dedo hace tiempo que las une. A mi y fuerte.
Mira, que no sé gestionar ni mi corazón ni mi cabeza.
Pero qué menos que intentarlo, ¿no?
Bah paso, pa' qué me pongo a escribir cuando tendría que estar bailando.
Si veis que tardo mazo en volver, no os preocupéis.
Estoy viviendo.
Mi felicidad es tan frágil que sé que si espero 5 minutos más a publicar esta entrada cambiaría todo lo dicho anteriormente.
